‘No dejes rastro’: la frontera entre la naturaleza y la sociedad moderna, contada a través de una historia conmovedora

Publicado por: Adrián Ruiz
No dejes rastro

Debra Granik, autora reconocida por su cruda representación de la cara marginada de la sociedad, nos dejó hace unos pocos años la que ha sido su última película -hasta la fecha-, y probablemente la mejor de su trayectoria; ‘No dejes rastro’. Se trata de una conmovedora historia de un padre y una hija, y a través de los ojos de la pequeña, recorre un drama lejos de ser ilírico, y que igualmente puede llegar a ser impactante.

En cierta manera Granik evoca un drama discreto sobre la división generacional y cultural, pero de un modo tan apasionante como melancólico que finalmente logra ser una película con mucho que enseñarnos.

El dilema de querer vivir apartado

‘No dejes rastro’ nos presenta a un solitario veterano de guerra, Will, y su hija adolescente de 13 años llamada Tom. Ambos viven alejados de la sociedad, secretamente, en medio del enorme parque público de las afueras de Portland, Oregon. Will le enseña a su hija todo lo que necesita saber para sobrevivir en ese entorno, y también lo necesario para no dejar rastro y ser descubiertos por cualquier forastero. Pero un simple error, por pequeño que sea, puede dejarlos expuestos y verse en problemas con la justicia, viéndose obligados, forzosamente, a vivir en un mundo moderno en el cual no encajan.

Se trata de una adaptación de la novela ‘My Abandonment’ de Peter Rock, la cual tiene sus raíces en una historia verídica y real. La película traza varías líneas temáticas que recorren el trabajo de la directora, citando varios relatos de la vida real sobre el trauma posterior de la guerra que sufren muchos veteranos. Al mismo tiempo Granik ofrece una visión del verdadero espíritu de una vida campestre a través de una película lenta y silenciosa, dando un poderoso énfasis a la soledad de los protagonistas y el drama individual de cada uno.

Aunque la historia nos habla de un hombre con traumas de guerra, el verdadero catalizador siempre será Tom, una adolescente que a medida que crece necesita alejarse de los problemas de su padre, pero también tener a su padre consigo a su lado. Esto da lugar a un conflicto que evoca lo más desgarrador de las rupturas, «lo que te pasa a ti no me pasa a mí», dice Tom, con una simple frase capaz de derrumbar todo el clima de la cinta.

De forma brillante todo queda expresado a través de gestos discretos y planos hermosos, dejando a un lado toda verborrea innecesaria. En este sentido estamos ante pocos diálogos pero mucha comunicación, que se transmite a través de la observación en los pequeños detalles, como una simple colmena de abejas o un conejo perdido capaz de unir a dos personas. Mientras tanto, Dickon Hinchliffe nos deja una maravillosa pieza musical, igual de escasa que la voz, y que intercala los sonidos del bosque con varias melodías musicales.

No dejes rastro

Entre el reparto nos encontramos interpretaciones tremendamente naturales, destacando por encima a la joven Thomasin McKenzie interpretando a Tom, que ya pudimos ver en ‘El hobbit: la batalla de los Cinco Ejércitos’ y ‘Jojo Rabbit’. Le sigue Ben Foster en el papel de Will, una sorprendente Dale Dickey dejándose ver casi al final de la película, y por último Dana Millican, como trabajadora de los servicios sociales.

‘No dejes rastro’ sigue un camino similar al de ‘Captain Fantastic’ y ‘Luz de mi vida’, pero desmarcándose de lo superficial y de la ficción para dejarnos una historia que nos habla desde el corazón y el humanismo. La película ensalza nuestro derecho a escoger un estilo de vida poniendo de manifiesto las dificultades de no adaptarse a una sociedad moderna y ampliamente conectada. Pero también conciencia, especialmente sobre la delicadeza de la infancia y la factura de los traumas.

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